Los casos de sarampión en Madrid se multiplican por 20... por culpa de la fe irracional de la gente

Los casos de sarampión en Madrid se multiplican por 20... por culpa de la fe irracional de la gente
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Ayer me topé de nuevo con esta noticia y no puedo resistirme a comentarla de nuevo con vosotros. Los casos de sarampión en Madrid se multiplican por 20 debido, en gran parte, a la moda que siguen algunos padres de no vacunar a sus hijos.

Hay colectivos, integrados en su mayoría por médicos naturistas, como la Liga por la Libertad de Vacunación, donde se aboga por la libre elección de no inmunizar a los niños escudándose en los efectos secundarios de las vacunas y en que los microorganismos se acaban haciendo más fuertes con los fármacos. Hay gente, en definitiva, que sostiene creencias.

El problema es que no todas las creencias son respetables. Y no porque puedan dañar al individuo que las sostiene sino porque ponen en peligro a los demás, a todas las personas que conoce incluso a las personas que no conoce. Como hace tiempo ya os expliqué aquí y aquí, todo el mundo puede mantener una creencia. Pero lo inmoral no es creer sino la naturaleza de dicha creencia. O dicho de otro modo: no importa lo que digas sino qué respalda lo que dices.

Lo inmoral es tener creencias irracionales (es decir, inmunes a la crítica, que no cambian con el tiempo para ajustarse a los nuevos conocimientos, que no concuerdan con los datos científicos, que, en suma, no tienen respaldo). Lo innmoral es no saber diferenciar a estas alturas de la película las creencias racionales de las irracionales, dar más importancia a testimonios que a pruebas controladas, entender que la carga de la prueba está en el que afirma y no en el que niega… en definitiva, toda una serie de destrezas mentales de índole epistemológica que deberíamos exigir a los demás antes de respetar sus creencias. Aunque tampoco es culpa de la gente: en el colegio no suelen impartirse nociones de epistemología y lo del método científico se explica de pasada, cuando seguramente sea el mejor método para acumular conocimientos confiables que ha desarrollado el ser humano en toda su historia.

La otra noche, en un dabate en la radio sobre la eficacia de la homeopatía, volví a certificar que, en ese sentido, la mayoría de la población vive en la Edad Media, a pesar de estar mejor informada que nunca, a pesar de estar rodeada del mayor número de expertos de la historia. Pues a mí me funciona, pues a mi hijo se le curó la bronquitis cuando en los niños es imposible que se produzca el efecto placebo, pues las farmacéuticas son negocios oscuros. Pues… pues… pues… Así empezaban todas las llamadas al programa, incluso de gente que se autodeclaraba con estudios superiores. Pero nadie, absolutamente ningún oyente de los que llamó esa noche a la radio, dijo algo así como pues yo he consultado todos los ensayos clínicos sobre este tema en particular en las bases de datos disponibles y no he leído que la homeopatía tenga un efecto distinguible del placebo, salvo en unos cuantos que, a la vista está, tienen defectos de forma.

Ningún oyente dijo algo así como: pues yo no soy experto en el tema y la medicina es muy complicada, así como el acto de curar y de establecer causas y efectos de impacto en la salud de una persona, de modo que no tengo ni idea de si la homeopatía funciona (tenerla me obligaría a dedicar meses de mi vida a investigarlo, quizá años), de modo que deposito mi confianza en los ensayos que la mayor parte de la comunidad de expertos titulados considera correctamente ejecutados.

En otras palabras: cuando tenemos un problema legal, acudimos a un abogado para que nos lo solucione: no me licencio en Derecho o acudo a alguien que no es abogado que, además, me asegura que los abogados son el Mal y que él lo hará mucho mejor. Cuando queremos que nos levanten una casa, contratamos a arquitectos, no a aficionados al Exín Castillos. De la misma manera, como mi ignorancia es oceánica en medicina, farmacología e, incluso, epistemología, deposito mi confianza en las autoridades científicas que ya se han pronunciado sobre la homeopatía. O sobre la vacunación. O sobre lo que sea.

Debería ser, al menos, lo suficientemente prudente y humilde como para cerrar la boca.

Pero, ay, entonces llega la realidad, que es imparable, y observamos que ocurre justo lo contrario. De repente nos creemos más listos que los expertos (o le adjudicamos ese don a cualquiera que se autodeclara como tal, aunque sus opiniones sean marginales o ciertamente tan extraordinarias como extraordinaria es su falta de pruebas).

Y todo eso está muy bien, y quizá este artículo se quedaría en una simple reseña de lo estúpida que puede llegar a ser la gente. Pero hay mucho más, solo hace falta rascar un poco. Todo este asunto no me preocuparía tanto si, ese comportamiento colectivo mayormente irracional, no fuera una de las razones que me obligan a mí y a otras personas si estamos haciendo el idiota. La falta de humildad colectiva, en definitiva, incrementa el tiempo que debemos dedicar individualmente a discernir si nos están engañando. Por ejemplo, sigamos con el caso de la homeopatía: si la venden en farmacias, si todavía la subvencionan, si imparten cursos en universidades…. entonces es que es eficaz, ¿no? Pero no lo es, y para averiguarlo me he visto obligado a invertir muchas horas. Y si siguen colándose muestras de cosas poco fiables en la categoría de fiables, entonces ya no podremos fiarnos de nada, ni de las fiables ni de las no fiables.

Entonces nuestra civilización retrocederá siglos: justo al momento en el que conocimiento era tan limitado que cualquiera con suficiente tiempo podría saberlo todo sobre todo, o casi. Nos olvidaremos de que el conocimiento sobre el mundo es tan amplio y complejo que exige compartimentarlo para que algunas personas se especialicen en determinadas áreas y, los legos en las mismas, depositemos nuestra confianza en ellos, para tener tiempo de especializarnos en otras áreas. Todos ayudándonos a todos. Deberemos estudiar de todo para que no nos engañen. Deberemos ir siempre con la mosca detrás de la oreja.

Bien, tal vez estoy exagerando. Quizá las cosas no se han ido tanto de madre. Todavía. O al menos no en todas las áreas. Pero cada vez que alguien esgrime sus creencias irracionales, y cada vez que no le criticamos con dureza por ello, estamos retrocedemos otro pasito, directos a la Edad Media, con Merlín y toda la pesca, a la época en la que llegaban vendedores de crepelo y se forraban gracias a la credulidad y el miedo de la gente.

Y cuando digo que debemos criticar con dureza no me refiero a censurar ni a insultar. Me refiero a criticar, poner en evidencia, ridiculizar, pisotear esas ideas (que no personas) con el mismo ímpetu con el que nos enfrentamos a las ideas relativas al racismo, al nazismo o al machismo. Con mayor dureza incluso, con muchísima mayor dureza. Porque la ignorancia (que nadie elige tener, porque la ignorancia es la antítesis de la libertad y, por tanto, de la elección) no hace daño a los negros, a los judíos o a las mujeres. Nos hace daño absolutamente a todos, sin excepción. Incluso daña a esos ignorantes medievales que dejan de vacunar a sus hijos porque creen saber más que los expertos o porque, sencillamente, ya no saben a quien creer: si al médico, al farmacéutico… o al primer vendemotos que les sale al paso.

Así que sigamos criticando, o mañana, nosotros mismos, quizá nos veamos atrapados en esa misma tesitura, sin darnos ni siquiera cuenta.

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